8 de febrero de 2012

De cómo un celular puede tirarse en todo, desde Hanse y Gretel, hasta donde alcance la mirada

Voy a postear una historia que no me pertenece, buen, creo nunca una historia le pertenece a quien la escribe, a fin de cuentas la vive con otros, escribirla ya es un atrevimiento y les deberá pagar derechos de autoria... Puahhh

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Anoche le contaba a mi hijita, la Nena, un cuento infantil muy famoso, uno de Hansel y Gretel, de los hermanos Grimm.

En el momento más tenebroso de la aventura, los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas migajas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa.

 Hansel y Gretel se dan cuenta de que están solos en el bosque, perdidos. Y para colmo de males ya comienza a anochecer, entonces,  mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: 'Deja así, no importa! Ellos ya van a llamar por el celular, a pedirle ayuda al papá'… Y entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene ni la más mínima noción de una vida donde no existe la telefonía inalámbrica.

Y al mismo tiempo descubrí, ¡qué espantosa resultaría la literatura! (¡toda la literatura!) si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como lo cree mi hija de cuatro años, cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer. Y sobre todo, qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

 

Piense ahora mismo en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra, desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es clásico o popular, no importa la época ni la geografía. Piense ahora mismo en una historia que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.

 ¿Ya está? ¿Ya escogió una?

Muy bien. Ahora ponga un celular en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un telefonito como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales “cuatribandas”

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?

La Nena, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las viejas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate; con un móvil en la canasta Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador ya no es necesaria.

Con telefonito el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam, y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi gracias al servicio de geolocalización de personas, de Telefónica.

…Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allá.

…Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.

Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto, de alguna manera, la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.

Ninguna historia de amor habría sido trágica o complicada si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo.

La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar… se suicida de verdad. (Perdón si metí la pata). Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil le habría escrito un mensajito de texto, al estilo de ahora, a Romeo en el capítulo seis:

 ·         M HGO LA MUERTA,

·         PERO NO TOY MUERTA.

·         NO T PRCUPES NI

·         HGAS IDIOTCS. BSO.

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete (lunfardo por causa, motivo o razón), y no se hubieran escrito nunca si en la Verona del siglo XIV hubiera existido la promoción 'Banda ancha móvil' de algún operador.

Además muchas obras importantes habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados.

La tecnología habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría 'Cien años sin conexión' y narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le estaría funcionando el Messenger.

La famosa novela de James M. Cain 'El cartero llama dos veces' escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría 'El gmail me duplica los correos entrantes' y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

 Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos como por ejemplo 'Godot tiene el teléfono apagado, o está fuera del área de cobertura', la historia de dos hombres que esperan, en un páramo la llegada de un tercero que no aparece nunca, o que se quedó sin saldo.

En la obra 'El jotapegé de Dorian Grey' (o sea El Retrato de Dorian Grey, para los lentos), Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas en virtud a un pacto con Photoshó, mientras que en la carpeta Imágenes de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico Blancanieves no consultaría todas las noches al espejo sobre 'quién es la mujer más bella del mundo', porque el costo por llamada del oráculo sería de 4 mil pesos la conexión y 2 mil el minuto. Se contentaría con preguntarlo solamente una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del “guayfái” (WiFi)

Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se solucionaría hoy con un simple SMS de cuatro líneas.

Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega. No hay que detener los aviones, ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa. La telefonía inalámbrica -vino a decirme anoche la Nena, sin querer- nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguna vez alguno de nosotros correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora? No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador.

¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.

Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama.

Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo -las escritas, las vividas, incluso las imaginadas- porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

 (Por el momento: Anónim@)

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